RFEGolf 115 (junio - agosto 2019) - page 66-67

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Yo también
juego al golf
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Pero, ¿sobre qué estás escribiendoo-
oo?”, me preguntó mi mujer pensan-
do en yo qué sé qué cosas oscuras. “Sobre golf”,
le dije yo. Y ella me respondió: “Hijo, poniendo
titulares eres un crack”. La verdad es que eso,
exactamente, era lo que me había dicho el
director de comunicación de la RFEG, Miguel
Ángel Caderot, cuando le sugerí cómo quería
titular este artículo. Aunque él añadió algún cali-
ficativo más que fui incapaz de descifrar por mi
sordera. No es masoquismo. Pero se le parece.
Lo del golf, digo. No sé qué tiene este deporte,
pero es, sin duda, el que alegrías más intensas
me ha dado y, sin duda, el que mayores disgus-
tos me ha provocado en su práctica.
Esos días en los que el golf
es lo más importante
Esos días en los que querrías tirar los palos al
lago más profundo del planeta. Esos días en
los que crees que, si te hubieras puesto en
serio, habrías podido ser profesional. Esos días
en los que piensas que por qué empezaste a
jugar otra vez. Y esos días, gloriosos, en los
que un puro de 15 metros, o un drivazo, o un
golpe desde la marca del 150 que se queda
dado, te hacen pensar que no hay deporte
más bonito que el golf.
Yo empecé a jugar de pequeño en el Club El
Candado de Málaga. Mi padre jugaba e
intentó que mis hermanos y yo fuéramos
como mis primos, los de mi tío Pepe, que
vivían al lado del campo y jugaban todos de
cine. Mis hermanos y yo no acabamos de
jugar muy bien y yo prefería, por ese gen
fenicio que me abate desde la infancia, bus-
car bolas por el campo y vendérselas al gran
Pepe Lucas, el Caddy Master, que me pagaba
25 pesetas por cada cubito de bolas. Un
chollo. Para Pepe y para mí que, en aquella
época, debía tener una paga semanal de 5
pesetas.
Luego nos vinimos a vivir a Madrid y ya lo
dejamos toda la familia hasta que, en el vera-
no de 1996, mi mujer y yo nos fuimos al hotel
Penina Golf en el Algarve. Era la época en que
todavía se usaban clavos y todos los días escu-
chaba el clac-cata-clac de los que venían de
jugar. Y me empezó a picar el venenillo.
Contraté una clase. El profesional me dio un
hierro 7 y se sorprendió cuando me vio aga-
rrar el palo con el grip cruzado de mi infancia,
pero me dejó hacer. Me puse a la bola y, pro-
bablemente, di los 3 mejores hierros siete
que he dado en mi vida.
El profesor, que era un profesional, me empe-
zó a decir que no se creía que llevara sin tocar
un palo desde los 13-14 años, a alabar la natu-
ralidad de mi swing y yo qué sé cuántas cosas
más, y yo comencé a sentir que, en esos años
de ausencia, el golf mundial había perdido
muchísimo sin tenerme por esos campos de
Dios. Y aquí estamos. Veintitantos años des-
pués, intentando explicar por qué sigo jugan-
do a este deporte apasionante.
Carlos García-Hirschfeld,
me duele, pero me gusta
Esos días, gloriosos,
en los que un puro
de 15 metros, o un
drivazo, o un golpe
desde la marca del
150 que se queda
dado, te hacen pensar
que no hay deporte
más bonito que
el golf
Fotos: Cortesía de Carlos García-Hirchfeld
“Soy más malo que la quina, pero a veces
me queda un “finnish” resultón”.
“En ningún otro deporte uno puede jugar con sus ídolos. En el golf, sí.”
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