RFEGolf143 (junio - agosto 2026)
rfeg olf 67 El domingo amaneció con tensión En el último día, Estados Unidos movió ficha colocando a sus hombres fuertes al frente, con una idea clara: golpear primero y recuperar el control. Pero salió mal esta jugada estratégica de Trevino y el intento de tranquilizar a sus hombres en los inicios de la final, al mismo tiempo que trataba de imponer presión a los europeos, resultó en vano. Wadkins, número 1 americano indiscutible en esta edición, salió en el primer partido seguido por Stadler y Floyd para tratar de dar la vuelta al resultado y afrontar el resto de la jornada con mayor tranquilidad, según suponía el capitán Trevino. En el bando europeo, a la hora de comentar el orden de salida, había dudas en la estrategia a seguir porque se suponía que el primer partido, ante Wadkins, sería una derrota casi segura. Pe- ro hubo un jugador que dio el paso al frente y pidió salir de número 1 para enfrentarse a Wad- kins: Manuel Piñero. “Tenía ganas de enfrentar- me a Wadkins para desquitarme de la derrota en fourballs”, aseguró Piñero, que demostró una enorme confianza en sí mismo al manifestar que “sabía que le iba a ganar porque había en- trado en juego otra vez”. Y así fue como de nuevo un español rompía la táctica americana y Piñero, con una actuación soberbia, que hubiera derrotado a cualquiera ese día, daba el golpe de gracia al comienzo de los segundos nueve (ganó el 10 y el 11, para ponerse 2 arriba) y lo remató ganando el 17. Venció con autoridad, desactivando la estrategia americana y dando un golpe moral decisivo. Del teórico acercamiento americano, se pasó a una mayor ventaja europea, con el cambio moral que suponía, consolidando la diferencia favorable con el triunfo de Way (no había pa- sado el corte en cinco de sus últimos seis tor- neos) sobre el experimentado Floyd, otra de las estrellas sobre las que se había cimentado la posibilidad de revertir la situación por parte del equipo de Trevino. Y todavía hubo un momento sicológico que superaron los europeos. Seve, cuyo punto se contaba como seguro, acusaba la presión (“estaba más nervioso que nunca, porque sabía que se contaba con mi punto”) e iba 3 abajo en el hoyo 13 frente a un Tom Kite que no había tenido una actuación especial- mente brillante en los partidos de dobles. Pero el santanderino no había dicho su última palabra y, apoyado en un putt que le empezó a funcionar, reaccionó con tres birdies en cuatro hoyos para igualar el partido. Fue otro momento de inflexión emocional que sacudió todos los partidos que iban por detrás, aumentado la seguridad de los europeos: con las victorias conseguidas de Lyle (su primer triunfo individual en la Ryder) y Langer, un solo punto separaba a Europa del triunfo, el primero desde su estreno como equipo en 1979. Ese punto llegó con Torrance, que levantó un partido que llevaba 3 abajo a falta de ocho hoyos para acabar. En el 17 empató, en el 18 puso toda su alma en el drive más largo que recordaba, tiró a asegurar el green y el escocés puso la guinda al pastel con su putt de birdie. Andy North acusó más presión que en su se- gunda victoria en el Open USA, lograda unos meses antes, y se fue al agua, ante el estallido de júbilo de los espectadores en una actitud un tanto reñida con las tradicionales buenas normas del golf, pero quizá comprensible dadas las circunstancias que hicieron de esta victoria un triunfo histórico para el golf europeo. El campo estalló en una indescriptible algarabía Sí, el ambiente estalló en indescriptible algarabía. ¿Qué importaban los cinco partidos siguientes?... Para algunos daba todo igual, ya que se había conseguido el objetivo de ganar. 66 rfeg olf La Ryder Cup recuperaba su emoción, su equilibrio, su razón de ser. Europa ya no perseguía, era un equipo más sólido, más equilibrado y, sobre todo, más convencido, que competía de tú a tú Para otros había que tratar de ganar por la mayor diferencia posible, para no dejar res- quicio a ninguna justificación que no fuese “han ganado porque han sido mejores”. Lee Trevino así lo aceptó con un rictus que reflejaba su sentir al entrar en la historia del golf como el capitán de un equipo americano que perdía por primera vez en más de un cuarto de siglo. De nada valía decirle “ya está bien, que perdáis una vez en 28 años”, como le dijo Severiano, la derrota escocía y más por una diferencia llamativa. La cuarta derrota americana se había produ- cido, la Ryder volvía a adquirir una dimensión de interés como cuando se creó (que se fue perdiendo ante el dominio americano y recu- perado en parte con la apertura a los jugadores continentales en 1979), y todos sentimos el triunfo europeo como algo propio, algo en lo que todos participaron: un público volcado, unos jugadores que dieron el 110 por 100, como diría Jacklin, y un capitán que manejó perfectamente sus cartas. Para nosotros, además, la satisfacción de que los cuatro españoles hubiesen sido la espoleta que galvanizó los ánimos en los peores momentos, consiguiendo victorias vitales. Un equipo, el europeo, que convirtió en héroes a sus componentes que escribieron algo tan grande y tan sencillo a la vez, como que el golf estaba cambiando y el marcador final evi- denció algo más profundo: el fin de una he- gemonía. La Ryder Cup recuperaba su emo- ción, su equilibrio, su razón de ser. Europa ya no perseguía. Europa era un equipo más sólido, más equilibrado y, sobre todo, más conven- cido, que competía de tú a tú. 3 En el último día de competición, Estados Unidos movió ficha colocando a sus hombres fuertes al frente, con una idea clara: golpear primero y recuperar el control. Pero la jugada estratégica de Trevino salió mal Historia Ryder Cup
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