RFEGolf118 (marzo - mayo 2020)

De pronto se hizo la luz. Seguía con el hierro siete, di el enésimo golpe, que yo pensé que iría directo al suelo, pero no, esta vez la bola subía al cielo como si el golpe lo hubiera dado alguien que sabía jugar” “ 60 rfeg olf Yo también juego al golf rfeg olf 61 E l golf puede cambiar tu vida, claro que sí. Curiosamente comencé a narrar golf en televisión antes que a jugar. En los comienzos del canal Teledeporte tuve la fortuna de iniciarme en este deporte que después me ha marcado. Si bien mi especialidad eran los deportes del motor, confieso que el golf, aunque no lo seguía con asiduidad, siempre me llamó la atención. No en vano, la actitud delante del micrófono cambia mucho de un deporte a otro. Mientras que en las carreras de motos y coches la narración es trepidante en muchas ocasiones, el golf, por el contrario, requiere un ritmo más pausado y un análisis más tran- quilo después de un golpe o una acción. Nada que ver un deporte con otro. El golf, un deporte que enamora Eso es, precisamente, lo que me enamoró del golf. Para mí era como un relax pasar del asfalto y las diferencias de milésimas de segundo a un paisaje verde donde el deporte se practica andando, pensando cada golpe y la estrategia a seguir sin ruidos y sin el nervio- sismo de las carreras. Después de documentarme mucho, como decía anteriormente, comencé a narrar con un compañero más experto. Ya contaba a los telespectadores torneos de golf, por lo que solo me faltaba una cosa: comenzar a jugar para experimentar qué tenía de particular ese deporte que tanto había enganchado a ami- gos y compañeros. A través del club de golf de TVE me propor- cionaron una cita con un profesor en las pri- mitivas instalaciones del Olivar de la Hinojosa, donde no existía la formidable cancha de prácticas que hay en la actualidad. Confieso que mi primer contacto con el golf fue bas- tante desagradable y estuve a punto de aban- donar en mi primera clase. Imaginaos una mañana típica de diciembre gris, con esa lluvia fina que parece que no, pero que te empapa, viento y sin ninguna protección, solamente un clásico chubasque- ro que calaba más de lo habitual. El profesor, impecablemente vestido para la ocasión, nos inició en las nociones básicas de cómo ha de cogerse el palo y en los fundamentos del swing. Las manos heladas, las muñecas, brazo en general y el codo me dolían de lo lindo después de haberle dado con un hierro siete al suelo en repetidas ocasiones. Comencé a darle vueltas a lo que estaba experimentando, que poco tenía que ver con esa imagen idílica de los campos de golf que yo había visto en la tele. Tanto es así que estu- ve a punto de decirle al profesor que abando- naba y que yo no valía para este deporte. Y era una pena, ya que tenía una curiosidad malsana por experimentar los entresijos del golf y solamente podía llegar a ellos jugando. Y de repente se hizo la luz No sabía cómo decirle al profesor que abando- naba, que lo estaba pasando fatal y que creía que el golf y yo no lograríamos entendernos. Pero de pronto se hizo la luz. Seguía con el hie- rro siete, di el enésimo golpe, que yo pensé que iría directo al suelo como la mayoría, pero no. Esta vez vi como la bola subía al cielo como si el golpe lo hubiera dado alguien que sabía jugar. ¡Fue mi golpe, fui yo el que impulsé la bola a las alturas! La sensación que sentí no es fácil expresarla con palabras. Automáticamente se borró ese men- saje negativo de abandonar la clase y la posibi- lidad de que yo comenzara a jugar al golf. No recuerdo si llegué a dar otra bola similar a aquella que me hizo cambiar de actitud, pero lo que sí tenía claro era que mi siguiente cometido era ir directamente a comprar unos palos. Tuve claro que, me costara lo que me costara, tenía que seguir y volver a experi- mentar repetidamente esa sensación magní- fica de ver volar la bola impulsada por mí. Seguí con el aprendizaje, me aboné a La Herrería y continué las clases con mi admira- do Alfredo Lavilla, uno de los profesores del club y compañero de fatigas en los comenta- rios de los torneos en la tele. Me enganché de tal manera al golf que por muy malas que fueran las condiciones meteorológicas, allí estaba yo, ahora sí, debidamente protegido, sin importarme la niebla, el frio o las tremen- das heladas que caían en El Escorial. Y así, hasta ahora. Confieso que no soy un jugador brillante, ni muchísimo menos, pero me lo paso muy bien, aunque no tengo aque- lla fiebre de juego de los primeros pasos. Cuando tengo la oportunidad, acudo a ver a los profesionales en acción, sobre todo cuan- do se disputa algún torneo del Tour Europeo. Habitualmente los sigo en la tele, pero verlos en directo es muchísimo más interesante. Se puede seguir a alguno de los jugadores sin que te cambien el plano o pongan un bloque de publicidad. La satisfacción de ver a los mejores en acción Conforta ver a jugadores como Jon Rahm y el resto de españoles que defienden nuestro pabellón por el mundo. No es de extrañar la afluencia masiva de espectadores, la mayoría jugadores amateur, que llenan los escenarios donde últimamente se ha disputado el Open de España, el Centro Nacional de Golf y el Club de Campo Villa de Madrid. El golf puede cambiar tu vida

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